Un café

Un café

También me gusta escribir prosa. 

– Recuérdame por qué me fijé en ti…
– Mas bien, dime tú que te gustó de mí.

Ninguno de los dos se atrevía a responder. Pasaron un par de segundos incómodos en los que una gota de helado se deslizó por mis dedos, haciendo de ese momento algo aún más empalagoso.

Me recordaste mucho todo lo que quise ser en mi tiempo adolescente. Cuando te vi por primera vez, sabía que iba a ser divertido estar contigo. Cuando empezamos a salir, supe que eras mi espejo. Ahora tú: ¿por qué te fijaste en mí?

Un largo suspiro prolongó el sabor de la cucharada de helado que acababa de llevarse a la boca. Su expresión era un poco confusa: quizá mucho frío para recordar algo tan cálido y latente, o quizá mucho dulce para volver a pegarse a mí… Como hace 4 años. Lo analicé porque no quería responder lo que ya era obvio para mí…

Es que también resultaste siendo un espejo mío. Pero no de lo reprimido, más bien del yo de ese momento… Que de pronto estaba demasiado cómodo siendo como era y no quería salir de ahí. No pensaba en que fuese a salir de ahí, hasta hoy.

Él es un hombre que siempre tuvo una volatilidad: su conformidad por lo ambiguo. Cuando lo conocí, esa palabra lo seducía, y claro, era porque sabía manejar tan bien el concepto que se deleitaba con cada relación sentimental ambigua. Como la que tuvimos, por cierto, y que con una sola pregunta que él hizo, bastó para darle un soplo a una brasa que no se debe encender.

Así somos. Ambiguos, nos queremos. Nos gusta abrazarnos, recordamos con melancolía lo que fuimos por un breve lapso, pero no nos dio para más que para dejarlo al borde de la ambigüedad. Porque él nos salvó: así mismo de haberse golpeado tan fuerte contra mi existencia que no tendría ojos para volver a verme, y a mí, de haberme caído demasiado pronto de la nube.

Lo escuché hablar por horas. Él lo necesitaba. Y mientras hablaba, me daba cuenta de que aquella idea que nos unió al inicio, nos volvía a unir hoy: somos un espejo. Y no me resistiré a ello. Dulce, lascivo. Permisivo, quizá dañino cuando quiere. Pero tan leal y noble que le cuestan algunas heridas. Esa soy yo. Y me alegra haberme encontrado de nuevo en él.

Cabezote: Freepik.