El beso

El beso

Un cuentico de una salida real en cuarentena.

Delante de mí había un beso. ¡Pero cómo! ¿Ahora con esta pandemia? Gustav Klimt me lo regaló en una réplica en papel fotográfico, colgado en un cuadro blanco, sobre una pared blanca; no parecía nada agradable a la vista. Pero al voltear un poco la cabeza, como hacen los críticos de arte, volví a encontrarle forma. 

Lo miré profundamente intentando llegar al óleo original más allá del papel fotográfico. El lugar no era digno del cuadro. ¿Cuántos de los que estaban ahí sabían si quiera su nombre? Veía una pared blanca, otra verde hospital, otra blanca. Antes de ver ‘El Beso’, me recibieron unas sillas verde limón con un círculo de papel una de por medio, «¿qué?» Me confundí como nunca antes. Y al sentarme y ver tan asombrosa obra, los envidié. Se amaban entre colores. Y podían abrazarse, y besarse. Y yo no. Resoplé.

– Natalia Londoño… Llamaron dos voces al unísono, era mi turno. ¡Bien! Una hora y media después de desesperarme entre un libro, observar a los amantes y sentir mi estómago en llamas. ⁣

Entré a una habitación más bien estrecha, para nada extraña; habitual en este tipo de sitios. En frente de mí, la plana para la prueba a mis cansados ojos por insistir frente a la computadora. Me recibió un amable médico que tenía cara conocida pero acento caribeño y ahí se desdibujó la imagen mental de otro hombre de piel morena y ojos negros que había cruzado alguna vez. Solo se le veían las cejas y sus ojos pequeños y amigables. Al sentarme y mirar su escritorio vi un pedazo de su brazo derecho descubierto y debajo de él, una hoja de papel que tenía pinta de todo (hasta de hojita para hacer mandados) menos de historia clínica.   

-Siga, tome asiento. ¿Cómo es su nombre? 

-¿Ya no me había llamado él? -pensé. – Natalia Londoño. 

Ya, ¿por qué viene? 

¿No es obvio? – pensé de nuevo. – Pues tengo que presentar un examen pre-ocupacional porque verá, no puedo tener ARL si no paso por esto. 

-Ya veo. Bueno, cuénteme. ¿Operaciones? 

Este historial médico algún día va a matarme. Tres operaciones, dos de niña; una de adulta. 

Él solo tecleaba con sus dedos perfectamente empacados en guantes quirúrgicos. Se le veían las uñas de color naranja y yo no dejaba de observar sus dedos moviéndose a ritmo de tortura sobre el teclado. Tac, tac, tac. Estuve 99% segura de que sobre ese teclado había pasado un huracán y nadie se había molestado en limpiarlo.

-Párese por favor, vamos a la báscula. 

Te odio báscula – Está pesando 70 kilos. – 70 kilos de pura sabrosura porque la talla dice otra cosa. Ya estoy por enviar por segunda vez mis pantalones a la modista. 

Siéntese aquí. – dijo señalando la camilla- Muéstreme sus manos. ¿Con qué mano escribe? 

-La derecha. 

Aprete tanto como pueda. – Señor, me duele una mano, el dorso y la palma. Me duele el brazo. Ya veo. Sí tiene aquí un.. ganglio

¿Ganqué? No más pensaba en que un día de estos mi mano se rebelará y dejará de moverse. El sentimiento me abrazó como el amante a la mujer del cuadro de Klimt y el pulso se me aceleró. 

Acuéstese. Levante esta pierna… levante la otra pierna… respire profundo. Sacó el fonendo y me entró mi particular ataque de ansiedad. Los dos minutos más largos de mi vida. 

-Todo bien. Tome asiento. ¿Con qué mano me dijo que escribe? 

-La derecha. 

Tac. Tac. Tac. Él en sí mismo, tenía más contorsión que el amante del cuadro de Klimt. Solo miraba su postura: espalda curva, brazos alzados sobre el escritorio y un computador que no está a la altura adecuada. ¿Y tú me estás mandando al ortopedista por que me duele la mano derecha? Sobreviviré.

Eso sí, más que él. Un escritorio plagado de motas y un mouse sobre un mousepad ajado como el desierto. Me alcanzó el tiempo para observar todo el cuadro. Más abajo, a sus pies, estaba la CPU arcaica que parecía haber salido de un lodazal. Continué y vi sus pies en puntas sobre las patas de una silla giratoria. ¿En serio me estás enviando a mí al ortopedista?

Él. No sabía su nombre. Solo él, caribeño y amable, en medio de su desorden y con su hojita de historia clínica rota y mugrienta. Él. Volteé para ver de reojo el cuadro que me cansa la vista, pero esta no estaba tan cansada para terminar de recorrer la habitación. Pared blanca, pared verde. Mis ojos se detuvieron sobre su cabeza. ¡Ahí estaba!

-Señorita Natalia, eso sería todo. – Parecía sonreír por debajo del tapabocas. 

Gracias –Alexis. – Completé mentalmente. 14 minutos con un desconocido dentro de un claustrofóbico lugar para al minuto 15 darme cuenta de su nombre porque lo llevaba escrito con una cinta blanca pegada en la mascarilla protectora. ¿Estoy segura de que estoy viendo bien?

Sergio Vargas era el siguiente. 

‘El Beso’ volvió a ser mi paisaje. ¿Por qué se ven tan lindos en esa posición extraña y el cuadro de Alexis me perturbó tanto? Al fondo el teléfono repicó, el aire se empezó a llenar de nombres, la habitación se quedó pequeña para las personas que iban entrando… se abrían y cerraban puertas. ¿De dónde salía tanta gente? Otra más pasando con un tarro de alcohol en la mano.

– Natalia Londoño. 
Aquí está tu examen. Gracias por confiar en nosotros.

Seguro. Confiaré mucho en alguien que se contorsiona más que yo, más que los enamorados de Klimt y encima me recomienda: dieta saludable, pausas activas, visitar a mi ortopedista y tomar protocolos de protección por el virus.