02 de enero de 2017

La cara fresca de la discordia

– Me tiene harto tu trabajo.
Así han comenzado muchos malos entendidos con varias personas que quiero. No me lo dicen de frente, pero sé que realmente detestan a la persona en la que me he convertido por una sola cosa a la que ya comencé a huirle: mi trabajo.

Claro, es que uno le huye a varias cosas. Particularmente yo le corro (en otra dirección) al amor, y descubrí que lo hago porque no es mi lugar seguro en el mundo. En cambio encuentro en el trabajo como “elnosequé” que me mantiene con la adrenalina al 100%, aunque a veces mi cuerpo me la cobra.

El trabajo se ha convertido en un amante extraño: no me deja dormir, se me sube todas las noches en la espalda y lo más terrible de todo: recibe tanta atención que ya los demás empiezan a odiarlo.

2016 fue un año difícil e importante. Tuve varios episodios de estrés que casi me obligan a renunciar a un par de responsabilidades. Y ni hablar del 2015. Cierto día, un hormigueo subió silenciosamente por uno de mis brazos y en cuestión de segundos mi cara palideció y dejé de sentir el lado izquierdo del cuerpo; después de un rato de pánico, pasado por sudor, solo rodaban lágrimas por mis mejillas y me costaba trabajo respirar.

¿Por qué renunció el presidente del Grupo Bancolombia? Porque su trabajo no solo lo estaba alejando de su familia sino que lo llevó a tristes visitas a la clínica por el estrés. Me acuerdo que cuando escuché esa entrevista en Caracol Radio, pensé en mis 23 años, y tres de ellos pasados por estrés y una que otra crisis (pequeña, pero significativa). Hoy con 24, mi cabeza parece tener su propia oficina de quejas y reclamos porque “no tienes tiempo”, “salis tarde”, “me cancelas”, “me dejas esperando” y la peor: “casi siempre estás cansada o llevada”. Comienzo a leer todos los reclamos y creo que soy una mala persona pero ese sentimiento me dura poco. Sin embargo, el cerro de reclamos jamás se va y jamás deja de crecer.

Sí, lo admito: soy un tanto ‘Workaholic’. Es que no me puedo quedar quieta. Mi mente siempre está creando una nueva estrategia, veo un comercial o hago una búsqueda en Internet e intento descifrar la estrategia de remarketing que viene detrás porque yo también quiero estar en esa onda del marketing. Y de repente, me sorprendo con la nariz metida en la pantalla del celular. No me doy cuenta hasta que siento una mirada de reproche. Toda mi planeación para conquistar el mundo con campañas una chimba, se va a la porra.

Ahí están ellos: mi mamá, mi familia y mis amigos que me reclaman tiempo, espacio y una mirada directa cuando hablamos.

Estos últimos meses me he dado cuenta de cuán ‘jarta’ puedo ser y cuán poco puede llegar a importarle a los demás que me esté matando la testa la mayor parte del día, pensando en cómo mejorar un portal web o aumentar las interacciones en redes sociales. Y seré sensata: si sos de mi gremio, sabes que nadie entiende un carajo de lo que haces. Entonces te haces el pendejo para seguir con tu vida. O al menos yo intento ser normal, en medio de la anormal sociedad.

Alguien me sorprendió gratamente enfrentándome al Karma. Me canceló el plan porque tenía mucho trabajo.  Y dije: ah carajo, así se siente… ¿Y ahora qué? Debería entenderlo, yo hago lo mismo casi la mayor parte del tiempo… Después, ese mismo personaje me enseño otra linda lección, parafraseada y restaurada más o menos así: “hoy es hoy y mañana es mañana… ¿Si puedo trasnochar trabajando por qué no haciendo algo divertido?” Llámenme exagerada, pero fue cósmico. Esto me ha andado en la cabeza y me dejó con un sentimiento extraño entre pecho y espalda.

2017, léeme bien: no voy a permitir que el trabajo me dañe mis ratos libres. Y vos, si estás leyendo y has estado en alguno de los dos lados, ¡despertá al zombie! Estamos aquí para vivir, ¡y sí! para trabajar y ser alguien en la vida, pero como ya he escuchado bastante en otras ocasiones: “controlá los tiempos” .

Pd. Este texto lo terminé, al fin, después de cuatro borradores con diferentes inicios que siempre eran interrumpidos por trabajo.

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